2.3.11

Entender.

Ese éxtasis que suscitaba, decía Juan, es fascinante para los ojos de cualquier persona, tan natural y tan profundo. Es como el cielo, claro, habitual, y cotidiano, pero siempre mostrándose tan peculiarmente que llega a deslumbrar de la forma mas curiosa, o sencillamente, menos esperada.
Tocar su delicado cuerpo, con la fría palma de la mano, es como abrazar la brisa de la mañana mas cruda, y a la misma vez la mas cálida. Y ni siquiera me podría acercar a lo que se siente el abrazar su serena figura, tan ardiente, tan pacifica, y tan hipnótica figura. Repetía.
Acaricia el suave pelaje de aquél conejo blanco, decía señalando. Siéntelo como si sintieras el paraíso dentro de tu cuerpo, disfrútalo y solo una vez que lo hayas hecho dime lo que sientes, y te diré que ni siquiera se acerca a lo que yo siento cuando la toco.
Toda su devoción tenía un nombre, un nombre y un apellido, pero por extraño que parezca, nunca la nombro, y nunca pude comprobar si era tan increíble como el decía, o simplemente estaba encantado.

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