Él no se mostraba tal cual era, no se encontraba en sí mismo. Se perdía, perdía su expresión, su libertad, su eje, todo gracias a su opaco recinto, a su cruel entidad.
Ella lo conocía, o eso creía. Buscaba. Enloquecía. Rodeada de exasperación, de impaciencia. El seguía sin revelarse. Dolía.
Perdido en el turbio corredor de la existencia, enfundado en dudas, en mendacidad, en grotescas falsedades, él sollozaba. Sólo, un mero punto del millar, un baladí del hervidero, pero no lo entendía. No se avenía de ella, de su presencia, de su pacífico y agradable séquito. Era integro su amor, y su clara afición, pero él era un triste ciego de su propia realidad.
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